Las alocadas aventuras de alguien llamado Gabriel, cuya principal característica es aborrecer los diminutivos.
31 mar 2006
22 mar 2006
13 feb 2006
Ego
Enojado, me respondió: Es verdad... la única razón por la que no me chupo la verga es porque no llego.
Nunca más nos vimos.
Nunca más nos vimos.
1 feb 2006
Ojo de gorila
Descomunal invitación a bailar la que envíamos. Llamamos al presidente y le dijimos que traiga una carretilla para cada una, porque, si no, no iba a poder llevarlas.
Vino como a las tres y se puso a trabajar.
En el baile tuvimos algunos problemas, como el gorila que comió de más, con la consecuente explosión de su estómago. Extrañamente, no encontramos ni una banana. Tres libros infantiles, un anillo, un CD de jazz, veintitrés kilos de manzanas y dos revólveres. Pero ni una banana.
Al otro día fui a caminar por la ladera de la montaña. Cinco dragones me pidieron la hora. Y eso es raro, porque los dragones suelen tener reloj. Dos me guiñaron el ojo.
A la mitad de la caminata recordé que había olvidado cerrar el paso del aire en mi casa. Un desastre, podría escaparse todo el aire y luego no tendría nada para respirar. Pensé en estar en mi casa y cerrar el paso del aire con mi mano derecha. Eso, habitualmente, solucionaba este tipo de percance.
Seguí caminando y encontré un ojo del gorila que había explotado la noche anterior. Estaba hablando con una hormiga sobre los beneficios de la libre elección en los países subdesarrollados. Los dejé con su charla. Pensé que sería bueno acosar a alguna pobre desprevenida por teléfono. Debería ser linda y conocida, eso sí.
Lo hice al otro día, esa noche tenía un partido de ajedrez con el rey de Alemania. Luego de 72 litros de cerveza, decidimos dejarlo en un empate. La verdad es que, entre la vomitada, no podíamos ver las piezas.
Cuando me llevaron a la cárcel, por arrancarle los intestinos a aquella estrella tan famosa que se negaba a entregarme sus gritos, simplemente hice lo que hago siempre. Pensé: "Qué haría Iorio en este momento?". E hice exactamente lo contrario.
Es extraño, ya no añoro más los acordeones en los burdeles. Otra vez será, es momento de terminar.
Vino como a las tres y se puso a trabajar.
En el baile tuvimos algunos problemas, como el gorila que comió de más, con la consecuente explosión de su estómago. Extrañamente, no encontramos ni una banana. Tres libros infantiles, un anillo, un CD de jazz, veintitrés kilos de manzanas y dos revólveres. Pero ni una banana.
Al otro día fui a caminar por la ladera de la montaña. Cinco dragones me pidieron la hora. Y eso es raro, porque los dragones suelen tener reloj. Dos me guiñaron el ojo.
A la mitad de la caminata recordé que había olvidado cerrar el paso del aire en mi casa. Un desastre, podría escaparse todo el aire y luego no tendría nada para respirar. Pensé en estar en mi casa y cerrar el paso del aire con mi mano derecha. Eso, habitualmente, solucionaba este tipo de percance.
Seguí caminando y encontré un ojo del gorila que había explotado la noche anterior. Estaba hablando con una hormiga sobre los beneficios de la libre elección en los países subdesarrollados. Los dejé con su charla. Pensé que sería bueno acosar a alguna pobre desprevenida por teléfono. Debería ser linda y conocida, eso sí.
Lo hice al otro día, esa noche tenía un partido de ajedrez con el rey de Alemania. Luego de 72 litros de cerveza, decidimos dejarlo en un empate. La verdad es que, entre la vomitada, no podíamos ver las piezas.
Cuando me llevaron a la cárcel, por arrancarle los intestinos a aquella estrella tan famosa que se negaba a entregarme sus gritos, simplemente hice lo que hago siempre. Pensé: "Qué haría Iorio en este momento?". E hice exactamente lo contrario.
Es extraño, ya no añoro más los acordeones en los burdeles. Otra vez será, es momento de terminar.
3 dic 2005
Tapones
Tapones. Miran a la izquierda y señalan la llama. A la derecha, nada. Invita como si fuera el dolor.
Escucharon un grito. Curiosos, se dirigen allá. Creen que no volverán.
Silencio entre cada canción. Un dinosaurio que ya se extinguió. Vuelve a suceder.
La grabación se detiene. La actriz pregunta "Cuál fue el error?". Ninguno. Nunca nada sucedió.
Escalas tonales, diacrónicas, octatónicas. Una fórmula para el fracaso. Como si importara, a esta altura.
Una hemorroide pasa y saluda. Nunca más se sienta. Detesta esa clase de saludos. Pica pica bajada cordón.
La nariz de Papá Noel, tan parecida a la de aquel payaso. Suerte que murió, despedazado por su propio trineo. Venganza de los renos. Aquella fotografía en el diario del domingo 25, el gordo hijo de puta con las tripas para afuera. Barbie y Ken ensangrentados, como terminando de tener sexo (o comenzando), entre las pelotas machucadas del barbudo que dejaba de existir ese día. Rodolfo se revolcaba en la mierda. Cadena perpetua, dijeron.
Nunca supimos qué era lo que pasaba con la rubia. Montaba como una auténtica puta, pero, apenas acababa, desaparecía. Tal vez así era mejor.
Esos rulos...
Escucharon un grito. Curiosos, se dirigen allá. Creen que no volverán.
Silencio entre cada canción. Un dinosaurio que ya se extinguió. Vuelve a suceder.
La grabación se detiene. La actriz pregunta "Cuál fue el error?". Ninguno. Nunca nada sucedió.
Escalas tonales, diacrónicas, octatónicas. Una fórmula para el fracaso. Como si importara, a esta altura.
Una hemorroide pasa y saluda. Nunca más se sienta. Detesta esa clase de saludos. Pica pica bajada cordón.
La nariz de Papá Noel, tan parecida a la de aquel payaso. Suerte que murió, despedazado por su propio trineo. Venganza de los renos. Aquella fotografía en el diario del domingo 25, el gordo hijo de puta con las tripas para afuera. Barbie y Ken ensangrentados, como terminando de tener sexo (o comenzando), entre las pelotas machucadas del barbudo que dejaba de existir ese día. Rodolfo se revolcaba en la mierda. Cadena perpetua, dijeron.
Nunca supimos qué era lo que pasaba con la rubia. Montaba como una auténtica puta, pero, apenas acababa, desaparecía. Tal vez así era mejor.
Esos rulos...
14 nov 2005
12 nov 2005
3 nov 2005
26 oct 2005
Hipnósis
Le dijo "Camine como perro.", y él sólo se puso en cuatro patas y comenzó a dar vueltas por el estrecho recinto, mientras ladraba con énfasis e intentaba mover el rabo que, de hecho, no tenía.
Entonces ordenó "Ahora como gusano.", y de él salieron infinidad de patas que movía correctamente, como si no le costara, como si siempre hubiera sido ese insecto que ahora trepaba por las paredes silenciosamente. A pesar de la gran cantidad de extremidades su andar era muy lento, por lo que apenas pudo caminar un corto trecho antes de recibir una nueva orden: "Usted es un mono.", y al instante se tomó de la lámpara del techo con la cola y comenzó a balancearse desenfrenadamente y a gritar asustado, ya que no se encontraba en la selva, el lugar al que pertenecía. Recordaba las copas de los árboles, dónde habitualmente residía, y sentía cierta añoranza por los tiempos pasados. Deseaba volver a alimentarse de raíces e insectos, pero en ese momento escuchó: "Ahora es un pez.", y cayó al suelo y empezó a sentir la asfixia por estar fuera del agua; saltaba de un lado a otro, golpeándose, intentando llegar a la orilla, al agua, al único lugar donde podría respirar, su única salvación.
"Desde este momento es lo que siempre deseó ser, Vd.", exclamó la voz, cansada del juego.
Entonces ocurrió algo inesperado: él se encontró en un ataúd, días después de su muerte, ya que nadie lo recordaba y fue encontrado por error, o más bien por casualidad, al revolver entre los desechos, para luego anunciar su deceso a quien le interesara (nadie) y dejarlo en un féretro para ser comido por los gusanos, todo esto porque había vuelto a ser olvidado y nadie se ocupó de enterrarlo. Pero eso no le importaba, porque ya estaba muerto.
Finalizado el juego se escuchó la orden "Despierte.", y volvió a su fría realidad, a pesar de sus lamentos.
Entonces ordenó "Ahora como gusano.", y de él salieron infinidad de patas que movía correctamente, como si no le costara, como si siempre hubiera sido ese insecto que ahora trepaba por las paredes silenciosamente. A pesar de la gran cantidad de extremidades su andar era muy lento, por lo que apenas pudo caminar un corto trecho antes de recibir una nueva orden: "Usted es un mono.", y al instante se tomó de la lámpara del techo con la cola y comenzó a balancearse desenfrenadamente y a gritar asustado, ya que no se encontraba en la selva, el lugar al que pertenecía. Recordaba las copas de los árboles, dónde habitualmente residía, y sentía cierta añoranza por los tiempos pasados. Deseaba volver a alimentarse de raíces e insectos, pero en ese momento escuchó: "Ahora es un pez.", y cayó al suelo y empezó a sentir la asfixia por estar fuera del agua; saltaba de un lado a otro, golpeándose, intentando llegar a la orilla, al agua, al único lugar donde podría respirar, su única salvación.
"Desde este momento es lo que siempre deseó ser, Vd.", exclamó la voz, cansada del juego.
Entonces ocurrió algo inesperado: él se encontró en un ataúd, días después de su muerte, ya que nadie lo recordaba y fue encontrado por error, o más bien por casualidad, al revolver entre los desechos, para luego anunciar su deceso a quien le interesara (nadie) y dejarlo en un féretro para ser comido por los gusanos, todo esto porque había vuelto a ser olvidado y nadie se ocupó de enterrarlo. Pero eso no le importaba, porque ya estaba muerto.
Finalizado el juego se escuchó la orden "Despierte.", y volvió a su fría realidad, a pesar de sus lamentos.
Descripción del cuarto
La mesa está ahí. Claro. ¿A dónde se va a ir? Los gusanos le comen las patas y no se pude mover.
La madera se pudre de a poco, sufre. Los poros se agrandan y cae la madera en forma de aserrín.
Recuerda la savia que alguna vez pasó por ella. Son tiempos pasados. El dolor que provocó el hacha no se olvida.
"Intentemos comer el engrudo." ,dijo la madre. Tomaron sus cucharas y comieron. Un día, barro. Otro, aserrín. Más tarde, engrudo. Así es la vida de los ricos.
El Reloj Ruso marcaba rápidamente las horas. Por cada segundo que adelantaba, atrasaba otro. Lentamente, sus días pasaban. Como los de cualquiera.
Como la puerta no tenía cerradura, entraba todo tipo de gente. Robaban o rompían. Nadie hacía nada, porque estaban comiendo. No les importaba.
Cuando la música sonaba demasiado fuerte dejaban de comer. Pero esto no era muy frecuente. Pasaba a cada segundo.
Las paredes estaban inclinadas y los cuadros colgaban extrañamente. En realidad era muy raro y era algo completamente normal.
Los cubiertos estaban debajo de lo que los cubría. Por algo lo eran. Pero es una verdad que esto a nadie le importa.
Por la ventana entró el viento. Trajo fuertes noticias. Derribaron la pared y se lo dijeron a todo el mundo. Vivieron como todos. Como nadie.
Ahora le toca al pájaro. Llenaba todo de excremento. Era su trabajo, y a todos les gustaba. Por eso querían matarlo. El excremento servía para las comidas. Y la comida hacía falta.
El hacha colgada de la pared hacía juego con la espada a su lado. Varias veces había caído cuando los niños jugaban, cortando sus partes. Claro que ellos seguían jugando.
Las sillas no existían. Lo habían hecho. Pero ya no. No eran necesarias. La alfombra era buena.
"Limpien la alfombra.", dijo el padre. No tenía color. Desapareció bajo la comida. Era un cubierto más.
La luz era negra, porque la tapaban los cuadros. No importaba. Ellos comían igual.
"Me pica.", decía el hijo. El hijo. Los piojos corrían por su cabeza y él se rascaba. No le alcanzaban las manos, pero sí los dedos, falanges largas, artríticas. Ya era viejo y se rascaba. Intentó sacárselo, pero no pudo.
"Rascate.", decía su madre. Ni miraba a su hijo. Le preocupaban más sus enemigos. Intentaban violarla a cada segundo. Miraban por la cerradura, estaban bajo su cama, en su ropero. Claro, no odiaba a su hijo. Todos los días comía con ella. Por amor.
"Cállense de una vez.", dijo el padre. Sentado en las sillas que no había hasta hace un momento, miraba el televisor. Con él tapaba el volumen de la música. Los piojos del hijo eran suyos. El café ya no aceptaba más ideas para cambiar el mundo. Entonces, ya no lo intentaba. Lo único que importaba era algo. Y él no lo sabía. Y yo no lo sé.
La madera se pudre de a poco, sufre. Los poros se agrandan y cae la madera en forma de aserrín.
Recuerda la savia que alguna vez pasó por ella. Son tiempos pasados. El dolor que provocó el hacha no se olvida.
"Intentemos comer el engrudo." ,dijo la madre. Tomaron sus cucharas y comieron. Un día, barro. Otro, aserrín. Más tarde, engrudo. Así es la vida de los ricos.
El Reloj Ruso marcaba rápidamente las horas. Por cada segundo que adelantaba, atrasaba otro. Lentamente, sus días pasaban. Como los de cualquiera.
Como la puerta no tenía cerradura, entraba todo tipo de gente. Robaban o rompían. Nadie hacía nada, porque estaban comiendo. No les importaba.
Cuando la música sonaba demasiado fuerte dejaban de comer. Pero esto no era muy frecuente. Pasaba a cada segundo.
Las paredes estaban inclinadas y los cuadros colgaban extrañamente. En realidad era muy raro y era algo completamente normal.
Los cubiertos estaban debajo de lo que los cubría. Por algo lo eran. Pero es una verdad que esto a nadie le importa.
Por la ventana entró el viento. Trajo fuertes noticias. Derribaron la pared y se lo dijeron a todo el mundo. Vivieron como todos. Como nadie.
Ahora le toca al pájaro. Llenaba todo de excremento. Era su trabajo, y a todos les gustaba. Por eso querían matarlo. El excremento servía para las comidas. Y la comida hacía falta.
El hacha colgada de la pared hacía juego con la espada a su lado. Varias veces había caído cuando los niños jugaban, cortando sus partes. Claro que ellos seguían jugando.
Las sillas no existían. Lo habían hecho. Pero ya no. No eran necesarias. La alfombra era buena.
"Limpien la alfombra.", dijo el padre. No tenía color. Desapareció bajo la comida. Era un cubierto más.
La luz era negra, porque la tapaban los cuadros. No importaba. Ellos comían igual.
"Me pica.", decía el hijo. El hijo. Los piojos corrían por su cabeza y él se rascaba. No le alcanzaban las manos, pero sí los dedos, falanges largas, artríticas. Ya era viejo y se rascaba. Intentó sacárselo, pero no pudo.
"Rascate.", decía su madre. Ni miraba a su hijo. Le preocupaban más sus enemigos. Intentaban violarla a cada segundo. Miraban por la cerradura, estaban bajo su cama, en su ropero. Claro, no odiaba a su hijo. Todos los días comía con ella. Por amor.
"Cállense de una vez.", dijo el padre. Sentado en las sillas que no había hasta hace un momento, miraba el televisor. Con él tapaba el volumen de la música. Los piojos del hijo eran suyos. El café ya no aceptaba más ideas para cambiar el mundo. Entonces, ya no lo intentaba. Lo único que importaba era algo. Y él no lo sabía. Y yo no lo sé.
Humanos
Los humanos roban cajitas del río que se encuentra en el fondo del mal llamado «Precipicio Infinito» Obviamente digo «mal llamado» porque, si tiene un fondo, no es infinito. Por lo menos hacia abajo.
Viven cerca de allí, unos pocos kilómetros hacia el Sur, al pie de las montañas. De tanto en tanto van hacia donde se encuentran las cajitas y las roban. Si las roban es porque tienen dueño, y esos dueños son quienes ellos llaman «Pájaros». Estos, por alguna razón, desaparecen en las noches, por lo que a esa hora las cajitas son robadas.
Aún así, no es fácil robarlas, puesto que ciertos pájaros deformes cuidan del lugar. Un zarpazo de una de estas bestias podría dejar tremendamente herido a cualquier humano, por lo que hubo que descubrir alguna manera de deshacerse de ellos. Este descubrimiento estaba lejos del alcance intelectual de los humanos, por lo que tuvieron que recurrir a cierta raza enemiga de los pájaros, los «Indemnes», quiénes habitan la parte superior del Precipicio Infinito, el que, evidentemente, tampoco es infinito hacia arriba. Es sabido que los indemnes no socializan con otras razas, (rara vez lo hacen entre ellos mismos) por lo que hubo que espiarlos para saber de qué manera ahuyentaban a los pájaros. El método era de los más sencillo, encendían cosas a la manera de antorchas y las agitaban por sobre sus cabezas, logrando que los pájaros se alejen.
Los humanos copiaron el método exitosamente, por lo que, en adelante, el robo de las cajitas no representó prácticamente ningún problema.
Ahora, ¿Para qué necesitan los humanos las cajitas?. Es conocida la limitada capacidad intelectual de estos individuos, por lo que no son habituales inventos o descubrimientos entre ellos. Por lo tanto, recurren al trueque. Trocan con otras razas intelectualmente más desarrolladas, como los «Diatribos», gente especializada en el uso del cerebro y que constantemente necesita materiales, entre ellos las cajitas, para desarrollar sus invenciones, las cuales a su vez intercambian con quienes les proveen estos materiales.
Azarosamente y muy de cuando en cuando nace entre los humanos un artista. Así como su nacimiento, su arte también es azaroso. No busca nada, pero aún así siempre resulta algo. No se propone hacerlo, pero de todas maneras lo hace. Todo lo que hace es inútil, y sigue haciendo.
No hay manera de que los otros lo comprendan, aunque tampoco es eso lo que él busca. En realidad no busca nada, pero encuentra a cada momento. Crea en espacios etéreos, nada que pueda ser guardado, nada perenne, nada durable. Y, sin embargo, es él quien permanece más de lo que realmente quiere.
Realmente, los artistas no sirven para nada entre los humanos, por lo que son sistemáticamente asesinados. Por suerte para los humanos (y para sus conciencias) los artistas no aparecen casi nunca.
El método es simple, aún para los humanos. Se ata al artista, se lo lleva hasta el río que cruza el fondo del Precipicio Infinito y se lo arroja. Entonces unos pocos, tal vez parientes del artista no del todo convencidos de su culpabilidad (o inocencia), observan como la corriente lo arrastra violentamente y lo lleva a desaparecer en lo que tal vez sea lo único infinito en este precipicio.
Viven cerca de allí, unos pocos kilómetros hacia el Sur, al pie de las montañas. De tanto en tanto van hacia donde se encuentran las cajitas y las roban. Si las roban es porque tienen dueño, y esos dueños son quienes ellos llaman «Pájaros». Estos, por alguna razón, desaparecen en las noches, por lo que a esa hora las cajitas son robadas.
Aún así, no es fácil robarlas, puesto que ciertos pájaros deformes cuidan del lugar. Un zarpazo de una de estas bestias podría dejar tremendamente herido a cualquier humano, por lo que hubo que descubrir alguna manera de deshacerse de ellos. Este descubrimiento estaba lejos del alcance intelectual de los humanos, por lo que tuvieron que recurrir a cierta raza enemiga de los pájaros, los «Indemnes», quiénes habitan la parte superior del Precipicio Infinito, el que, evidentemente, tampoco es infinito hacia arriba. Es sabido que los indemnes no socializan con otras razas, (rara vez lo hacen entre ellos mismos) por lo que hubo que espiarlos para saber de qué manera ahuyentaban a los pájaros. El método era de los más sencillo, encendían cosas a la manera de antorchas y las agitaban por sobre sus cabezas, logrando que los pájaros se alejen.
Los humanos copiaron el método exitosamente, por lo que, en adelante, el robo de las cajitas no representó prácticamente ningún problema.
Ahora, ¿Para qué necesitan los humanos las cajitas?. Es conocida la limitada capacidad intelectual de estos individuos, por lo que no son habituales inventos o descubrimientos entre ellos. Por lo tanto, recurren al trueque. Trocan con otras razas intelectualmente más desarrolladas, como los «Diatribos», gente especializada en el uso del cerebro y que constantemente necesita materiales, entre ellos las cajitas, para desarrollar sus invenciones, las cuales a su vez intercambian con quienes les proveen estos materiales.
Azarosamente y muy de cuando en cuando nace entre los humanos un artista. Así como su nacimiento, su arte también es azaroso. No busca nada, pero aún así siempre resulta algo. No se propone hacerlo, pero de todas maneras lo hace. Todo lo que hace es inútil, y sigue haciendo.
No hay manera de que los otros lo comprendan, aunque tampoco es eso lo que él busca. En realidad no busca nada, pero encuentra a cada momento. Crea en espacios etéreos, nada que pueda ser guardado, nada perenne, nada durable. Y, sin embargo, es él quien permanece más de lo que realmente quiere.
Realmente, los artistas no sirven para nada entre los humanos, por lo que son sistemáticamente asesinados. Por suerte para los humanos (y para sus conciencias) los artistas no aparecen casi nunca.
El método es simple, aún para los humanos. Se ata al artista, se lo lleva hasta el río que cruza el fondo del Precipicio Infinito y se lo arroja. Entonces unos pocos, tal vez parientes del artista no del todo convencidos de su culpabilidad (o inocencia), observan como la corriente lo arrastra violentamente y lo lleva a desaparecer en lo que tal vez sea lo único infinito en este precipicio.
Mitres
Los mitres nacen siempre en días de frío. Nacen de huevos a los que no es necesario incubar, los cuales son marrones, cúbicos y de una dureza increíble. Éstos, a su vez, serán la vivienda de cada mitre a lo largo de toda su vida.
En general, todos los mitres pueden volar, pero hay excepciones. Los que no pueden, toda su vida serán los encargados de cuidar las casas mientras los demás no están.
Entre estos seres no hay autoridades, ni organización o lenguaje, o algún rasgo que pueda distinguirlos unos de otros. Lo único que los resalta es su igualdad, así como lo único que los hace ser una comunidad es permanecer juntos.
No hay odio, amor o resentimientos entre ellos. Como tampoco lo hay hacia otros. Tal vez (tal vez) lo único que mueve a los mitres es el instinto. Un instinto que les dice que hay que dormir mientras haya sol y volar cuando haya estrellas. Así que, cuando es de noche, vuelan siguiendo las paredes rocosas del mundo que los rodea y es así como llegan a otro mundo, sin paredes y más extenso. En ese mundo viven los ombus, una raza completamente extraña para los mitres. Esa extrañeza les produce curiosidad, por lo que se acercan revoloteando hasta sus casas, sólo para observar. En realidad nadie sabe por qué los ombus atraen a los mitres, pero es una atracción irrefrenable. Lo que sí se sabe es que a los ombus les aterrorizan los mitres, y salen a espantarlos con lo que pueden. Probablemente también sea instinto lo que les provoca este horror hacia los mitres, porque no tienen idea de qué son, o qué intenciones tienen, así como nadie lo sabe.
La verdad es que los mitres prestan poca atención a los intentos por espantarlos, pero aún así se alejan, por lo que nunca van mucho más allá de lo que es su mundo, ese precipicio del que sólo salen por las noches y al que vuelven apenas despunta el alba.
En general, todos los mitres pueden volar, pero hay excepciones. Los que no pueden, toda su vida serán los encargados de cuidar las casas mientras los demás no están.
Entre estos seres no hay autoridades, ni organización o lenguaje, o algún rasgo que pueda distinguirlos unos de otros. Lo único que los resalta es su igualdad, así como lo único que los hace ser una comunidad es permanecer juntos.
No hay odio, amor o resentimientos entre ellos. Como tampoco lo hay hacia otros. Tal vez (tal vez) lo único que mueve a los mitres es el instinto. Un instinto que les dice que hay que dormir mientras haya sol y volar cuando haya estrellas. Así que, cuando es de noche, vuelan siguiendo las paredes rocosas del mundo que los rodea y es así como llegan a otro mundo, sin paredes y más extenso. En ese mundo viven los ombus, una raza completamente extraña para los mitres. Esa extrañeza les produce curiosidad, por lo que se acercan revoloteando hasta sus casas, sólo para observar. En realidad nadie sabe por qué los ombus atraen a los mitres, pero es una atracción irrefrenable. Lo que sí se sabe es que a los ombus les aterrorizan los mitres, y salen a espantarlos con lo que pueden. Probablemente también sea instinto lo que les provoca este horror hacia los mitres, porque no tienen idea de qué son, o qué intenciones tienen, así como nadie lo sabe.
La verdad es que los mitres prestan poca atención a los intentos por espantarlos, pero aún así se alejan, por lo que nunca van mucho más allá de lo que es su mundo, ese precipicio del que sólo salen por las noches y al que vuelven apenas despunta el alba.
Ombus
Un ombu lleva una vida tranquila. Nunca se aleja demasiado de su casa, un pequeño cilindro de madera que él mismo construye o hereda de generaciones anteriores. Es, además, poco frecuente que estos cilindros estén muy alejados unos de otros.
No puede decirse que sean una raza extremadamente sociable, pero es verdad que se necesitan entre ellos. Realizan ciertas actividades comunitarias, como alejar a los mitres, o buscar comida en los árboles, o hasta, en ocasiones, alguna fiesta. Claro que estas no son fiestas en la forma en que las conocemos, con ruido, algarabía, música, etc. Son fiestas pequeñas, como todo en el mundo de los ombus, con pocos individuos, sentados tranquilamente y disfrutando cada uno la presencia del otro, casi sin mediar palabra, casi sin respirar, aprovechando poder estar. En ocasiones alguno cuenta una historia, corta y precisa, pero entretenida y disfrutable. Al terminar la historia, enseguida es olvidada casi por completo, excepto por la sensación que deja en quien la escucha, incluido el narrador. Se deduce de esto, entonces, que los ombus son grandes improvisadores, puesto que no deben contar nunca dos veces la misma historia.
Esta falta de práctica en el recuerdo los lleva a equivocar sus casas y caminos constantemente, pero esto es algo que ellos no perciben en absoluto, puesto que no tienen idea de con quién viven, o dónde. La vida de estos seres sigue unos lineamientos muy básicos. Tal vez sea eso lo que los convierte en individuos felices, cosa en la que rara vez reparan. Es difícil notar que se es feliz cuando se está en ese estado todo el tiempo. Y no es que, como es creencia general, sean estúpidos y por ello felices. Más bien lo contrario. Por ser tan corta su memoria, son grandes genios, descubridores de cosas maravillosas (para ellos, por supuesto). Inventos o descubrimientos que deben ser inventados o descubiertos en un instante, sin teorías, investigaciones o paparruchadas previas. Ellos sólo hacen, ahora, en este momento. No hicieron, porque no recuerdan qué, ni harán, porque no recuerdan para qué.
Al acercarse la muerte de un ombu, este se pregunta qué será lo que le está pasando. Minutos después, muere. Los demás toman conciencia de ello enseguida y lo rodean para observarlo calmadamente. Enseguida su alma es atrapada en una cajita pequeña y marrón, la cual es sellada con lacre y arrojada a un precipicio infinito, lugar donde termina el universo de los ombus. Un precipicio que se encuentra a unos pocos metros de sus casas y al que ven cada día de sus vidas, porque si no olvidarían que tan lejos pueden llegar sus vidas.
No puede decirse que sean una raza extremadamente sociable, pero es verdad que se necesitan entre ellos. Realizan ciertas actividades comunitarias, como alejar a los mitres, o buscar comida en los árboles, o hasta, en ocasiones, alguna fiesta. Claro que estas no son fiestas en la forma en que las conocemos, con ruido, algarabía, música, etc. Son fiestas pequeñas, como todo en el mundo de los ombus, con pocos individuos, sentados tranquilamente y disfrutando cada uno la presencia del otro, casi sin mediar palabra, casi sin respirar, aprovechando poder estar. En ocasiones alguno cuenta una historia, corta y precisa, pero entretenida y disfrutable. Al terminar la historia, enseguida es olvidada casi por completo, excepto por la sensación que deja en quien la escucha, incluido el narrador. Se deduce de esto, entonces, que los ombus son grandes improvisadores, puesto que no deben contar nunca dos veces la misma historia.
Esta falta de práctica en el recuerdo los lleva a equivocar sus casas y caminos constantemente, pero esto es algo que ellos no perciben en absoluto, puesto que no tienen idea de con quién viven, o dónde. La vida de estos seres sigue unos lineamientos muy básicos. Tal vez sea eso lo que los convierte en individuos felices, cosa en la que rara vez reparan. Es difícil notar que se es feliz cuando se está en ese estado todo el tiempo. Y no es que, como es creencia general, sean estúpidos y por ello felices. Más bien lo contrario. Por ser tan corta su memoria, son grandes genios, descubridores de cosas maravillosas (para ellos, por supuesto). Inventos o descubrimientos que deben ser inventados o descubiertos en un instante, sin teorías, investigaciones o paparruchadas previas. Ellos sólo hacen, ahora, en este momento. No hicieron, porque no recuerdan qué, ni harán, porque no recuerdan para qué.
Al acercarse la muerte de un ombu, este se pregunta qué será lo que le está pasando. Minutos después, muere. Los demás toman conciencia de ello enseguida y lo rodean para observarlo calmadamente. Enseguida su alma es atrapada en una cajita pequeña y marrón, la cual es sellada con lacre y arrojada a un precipicio infinito, lugar donde termina el universo de los ombus. Un precipicio que se encuentra a unos pocos metros de sus casas y al que ven cada día de sus vidas, porque si no olvidarían que tan lejos pueden llegar sus vidas.
Podoplo
Todo el mundo debería tener un podoplo. Claro que eso no es algo que uno pueda elegir. Es el podoplo el que lo elige a uno. O eso es lo que les gusta creer.
De cualquier manera, todos deberían tener uno. O merecerlo.
No recuerdo bien. Creo que siempre viví con mi podoplo. Estoy casi seguro de que lo heredé de mi madre. Ella nunca lo dijo, pero era bastante obvio, por lo menos para mí, que sabía de mi podoplo. Y la única manera de saber acerca de los podoplos es haber tenido uno.
No puedo siquiera imaginar por qué este podoplo habrá dejado a mi madre para venir conmigo. Tal vez era un acuerdo. Él estaría con ella a cambio de su primer hijo. Como en los cuentos de hadas. Entonces, soy suyo...
Posiblemente por eso nunca sentí demasiado respeto por mis padres. Sabía que no les pertenecía.
Y nada que ellos pudieran hacer era comparable con lo que el podoplo les haría. O a mí.
El podoplo no representa ninguna ventaja para mí, lo cual realmente no importa, ya que lo verdaderamente importante es qué ventaja yo represento para él. Eso es lo que me inquieta. ¿Para qué puede querer a un ser tan insignificante? ¿Qué es lo que obtiene? Lo único que me da importancia, lo que, en cierta forma, me enaltece, es que él me haya elegido. Pero eso sólo me importa a mí.
Me extraña saber tantas cosas sobre él, siendo que nunca nos comunicamos. Por ejemplo, puedo decir que quien no haya oído el canto del podoplo nunca ha utilizado sus oídos para algo bueno. Sin embargo no puedo describir su melodía, si es que la hay, ya que no la recuerdo. Sé que el podoplo canta. También sé que sólo lo hace para él. Pero no sé por qué canta. Siempre hay algo de él que no sé. Sin embargo, estoy seguro de que él sabe todo sobre mí.
Nunca pude verlo. De hecho, hay momentos en que llego a dudar de su existencia. Pero son sólo segundos de poca lucidez, desmayos. Sé que él está ahí.
Con el tiempo, pude saber dónde vive y cuáles son sus lugares preferidos. En invierno, por ejemplo, está siempre en la chimenea. Por eso no la enciendo nunca, aunque el frío me congele, o incluso lo haga con él. Él es su propio calor, así como es su propia razón de existir.
En los días calurosos vuela. No lleva a nadie con él, ya que a nadie necesita. Anda persiguiendo al horizonte, buscando la manera de que siempre sea de noche, que es lo que más le gusta. Y es lo que más me gusta de él. Yo también, con mis estúpidas limitaciones, siempre busco el horizonte. Sólo para saber a dónde ir.
Cuando me siento, le gusta esconderse debajo de mi silla y susurrarme cosas para distraerme. Claro que yo no las escucho, por el simple hecho de que él no dice nada.
A veces invita a otros podoplos, sólo para cantar. En conjunto producen un sonido similar al ruido blanco, pero mucho más placentero. Este sonido no es en absoluto parecido al canto de un solo podoplo. Tampoco sé por qué. Sólo sé que los podoplos no disfrutan de la compañía de sus congéneres y de todas maneras se reúnen.
No sé qué gustos tendrán los demás, pero mi podoplo adora los colores oscuros. Los adora casi tanto como al frío. Una vez dejé, por equivocación, una tela amarilla sobre mi cama y no supe del podoplo por dos semanas. Esto se solucionó cuando conseguí suficientes cosas oscuras como para atraer de nuevo su atención. Podía sentir su felicidad por toda la casa confundiéndose con la mía.
Cuando duermo, disfruta enredándose entre mis cabellos. Le dicta cosas a mi cerebro que de otra manera no imaginaría. A veces despierto y me doy cuenta de que está durmiendo en mi cabeza. Por supuesto que no lo molesto. Seguramente merece ese descanso.
Me pregunto por qué le gustará mi cabello, ya que no es de color oscuro. En realidad, nada en mi exterior es oscuro. Tal vez disfruta dar paseos entre los bucles y desarmarlos, para luego recomponerlos. Pero esto no es algo que yo sepa.
Los podoplos oyen, pero no les gusta oír. En especial cuando se habla de ellos. Cuando esto ocurre, simplemente se hunden en la tierra y se dedican a comer raíces, que es lo único que comen. La cantidad de raíces que coman dependerá siempre del tiempo que se hable de ellos. Debo decir que mi podoplo está casi famélico, cosa que a él no le importa. Es perfectamente consciente de su inmortalidad. Además, prefiere el hambre, si es que lo siente, a ser un tema de conversación entre humanos.
Todos los podoplos se creen artistas. Moldean las vidas de sus dueños como un escultor lo hace con la arcilla. Les dan colores, los cuales, casi siempre, son los más oscuros. Sólo agregan luces en los espacios adecuados. Son especialistas en crear relieves, que hacen la vida un poco diferente a las demás. Agregan música en los momentos que corresponden, pero, sobre todo, agregan silencios, que son lo más importante. Dan un título a su obra y con ello le confieren sentido.
Pero nunca la firman, porque saben que ella es más fruto del azar que de sus propias intenciones y, por lo tanto, no les pertenece.
De cualquier manera, todos deberían tener uno. O merecerlo.
No recuerdo bien. Creo que siempre viví con mi podoplo. Estoy casi seguro de que lo heredé de mi madre. Ella nunca lo dijo, pero era bastante obvio, por lo menos para mí, que sabía de mi podoplo. Y la única manera de saber acerca de los podoplos es haber tenido uno.
No puedo siquiera imaginar por qué este podoplo habrá dejado a mi madre para venir conmigo. Tal vez era un acuerdo. Él estaría con ella a cambio de su primer hijo. Como en los cuentos de hadas. Entonces, soy suyo...
Posiblemente por eso nunca sentí demasiado respeto por mis padres. Sabía que no les pertenecía.
Y nada que ellos pudieran hacer era comparable con lo que el podoplo les haría. O a mí.
El podoplo no representa ninguna ventaja para mí, lo cual realmente no importa, ya que lo verdaderamente importante es qué ventaja yo represento para él. Eso es lo que me inquieta. ¿Para qué puede querer a un ser tan insignificante? ¿Qué es lo que obtiene? Lo único que me da importancia, lo que, en cierta forma, me enaltece, es que él me haya elegido. Pero eso sólo me importa a mí.
Me extraña saber tantas cosas sobre él, siendo que nunca nos comunicamos. Por ejemplo, puedo decir que quien no haya oído el canto del podoplo nunca ha utilizado sus oídos para algo bueno. Sin embargo no puedo describir su melodía, si es que la hay, ya que no la recuerdo. Sé que el podoplo canta. También sé que sólo lo hace para él. Pero no sé por qué canta. Siempre hay algo de él que no sé. Sin embargo, estoy seguro de que él sabe todo sobre mí.
Nunca pude verlo. De hecho, hay momentos en que llego a dudar de su existencia. Pero son sólo segundos de poca lucidez, desmayos. Sé que él está ahí.
Con el tiempo, pude saber dónde vive y cuáles son sus lugares preferidos. En invierno, por ejemplo, está siempre en la chimenea. Por eso no la enciendo nunca, aunque el frío me congele, o incluso lo haga con él. Él es su propio calor, así como es su propia razón de existir.
En los días calurosos vuela. No lleva a nadie con él, ya que a nadie necesita. Anda persiguiendo al horizonte, buscando la manera de que siempre sea de noche, que es lo que más le gusta. Y es lo que más me gusta de él. Yo también, con mis estúpidas limitaciones, siempre busco el horizonte. Sólo para saber a dónde ir.
Cuando me siento, le gusta esconderse debajo de mi silla y susurrarme cosas para distraerme. Claro que yo no las escucho, por el simple hecho de que él no dice nada.
A veces invita a otros podoplos, sólo para cantar. En conjunto producen un sonido similar al ruido blanco, pero mucho más placentero. Este sonido no es en absoluto parecido al canto de un solo podoplo. Tampoco sé por qué. Sólo sé que los podoplos no disfrutan de la compañía de sus congéneres y de todas maneras se reúnen.
No sé qué gustos tendrán los demás, pero mi podoplo adora los colores oscuros. Los adora casi tanto como al frío. Una vez dejé, por equivocación, una tela amarilla sobre mi cama y no supe del podoplo por dos semanas. Esto se solucionó cuando conseguí suficientes cosas oscuras como para atraer de nuevo su atención. Podía sentir su felicidad por toda la casa confundiéndose con la mía.
Cuando duermo, disfruta enredándose entre mis cabellos. Le dicta cosas a mi cerebro que de otra manera no imaginaría. A veces despierto y me doy cuenta de que está durmiendo en mi cabeza. Por supuesto que no lo molesto. Seguramente merece ese descanso.
Me pregunto por qué le gustará mi cabello, ya que no es de color oscuro. En realidad, nada en mi exterior es oscuro. Tal vez disfruta dar paseos entre los bucles y desarmarlos, para luego recomponerlos. Pero esto no es algo que yo sepa.
Los podoplos oyen, pero no les gusta oír. En especial cuando se habla de ellos. Cuando esto ocurre, simplemente se hunden en la tierra y se dedican a comer raíces, que es lo único que comen. La cantidad de raíces que coman dependerá siempre del tiempo que se hable de ellos. Debo decir que mi podoplo está casi famélico, cosa que a él no le importa. Es perfectamente consciente de su inmortalidad. Además, prefiere el hambre, si es que lo siente, a ser un tema de conversación entre humanos.
Todos los podoplos se creen artistas. Moldean las vidas de sus dueños como un escultor lo hace con la arcilla. Les dan colores, los cuales, casi siempre, son los más oscuros. Sólo agregan luces en los espacios adecuados. Son especialistas en crear relieves, que hacen la vida un poco diferente a las demás. Agregan música en los momentos que corresponden, pero, sobre todo, agregan silencios, que son lo más importante. Dan un título a su obra y con ello le confieren sentido.
Pero nunca la firman, porque saben que ella es más fruto del azar que de sus propias intenciones y, por lo tanto, no les pertenece.
22 oct 2005
Tienda color
Doblé la esquina y estaba el Tendero Azul metiendose un dedo en el culo en la puerta de su negocio. Escarbaba con fuerza, hacía caras. Eso es lo que él llamaba "un momento de intimidad".
Me acerqué y lo saludé. Nos dimos la mano.
- Acabás de arruinarle un perfecto momento de intimidad. - me dijo.
- Ni siquiera te limpiaste la mano para saludar. - contesté.
Hacia poco había llegado al país y todavía no dominaba bien el idioma. Para lograrlo, se la pasaba escuchando tangos en un pasacassette que trajo de algún lado.
Pasaron cinco cebúes silbando alto. Tenían algo en la cintura escapular. Veinte colores.
Le pregunté qué escuchaba. Pensó dos segundos. Carraspeó.
- Justo una milanga.
- Milonga.
- Sí, milonga. Dice sobre dos amigos que pelea por chica. La chica va con uno. El otro se enoja, entendés?
- Cosas que pasan. Sobre todo en la música.
Me ceba un mate lavado y tomamos durante un rato, sin decir nada. Tiene un termo de cristal. Dentro veo varios Peces Térmicos nadando y sonriendo.
Termina la canción y pasa un tango. Alguno. Un tango como tantos. Le pregunto sobre los Círculos Rojos y me dice que el Anatema Bipolar no está resuelto. Cierto Triángulo Alud anduvo haciendo averiguaciones para comprar una casa en la calle Hipólito Irigoyen. Según parece los planes del Chistoso no van como deberían. Poca cintura para determinados menesteres.
Ahora otro tango, uno moderno. Llueve pimienta uña. Vamos bajo techo. La hija del Tendero Amarillo, cambialahoracambiaelnombre, está tejiendo, con un rebosante par de tetas casi afuera del escote.
- Hola Pepina Riada. - la saludo.
Ni me mira. Sigue con lo suyo y le da una patada al perro, que justo andaba dando vueltas por ahí.
- Ese tango se llama "Peleando por el derecho".
- Ah, algún discípulo de Discépolo? Tango que tocará temas sociales, imagino.
- Nado que ver, amigo. Canta sobre cáncer de testículos. Peleo para que no saquen huevo derecho. - se ríe. Nos reímos.
Eran las cinco y cuarto. El perfume recién empezaba a llegar. Tomé un último mate. Los peces se asfixian. Saludé, tomé el Tren Maxilar y fui al bar. No iba a dejar las cosas así.
Me acerqué y lo saludé. Nos dimos la mano.
- Acabás de arruinarle un perfecto momento de intimidad. - me dijo.
- Ni siquiera te limpiaste la mano para saludar. - contesté.
Hacia poco había llegado al país y todavía no dominaba bien el idioma. Para lograrlo, se la pasaba escuchando tangos en un pasacassette que trajo de algún lado.
Pasaron cinco cebúes silbando alto. Tenían algo en la cintura escapular. Veinte colores.
Le pregunté qué escuchaba. Pensó dos segundos. Carraspeó.
- Justo una milanga.
- Milonga.
- Sí, milonga. Dice sobre dos amigos que pelea por chica. La chica va con uno. El otro se enoja, entendés?
- Cosas que pasan. Sobre todo en la música.
Me ceba un mate lavado y tomamos durante un rato, sin decir nada. Tiene un termo de cristal. Dentro veo varios Peces Térmicos nadando y sonriendo.
Termina la canción y pasa un tango. Alguno. Un tango como tantos. Le pregunto sobre los Círculos Rojos y me dice que el Anatema Bipolar no está resuelto. Cierto Triángulo Alud anduvo haciendo averiguaciones para comprar una casa en la calle Hipólito Irigoyen. Según parece los planes del Chistoso no van como deberían. Poca cintura para determinados menesteres.
Ahora otro tango, uno moderno. Llueve pimienta uña. Vamos bajo techo. La hija del Tendero Amarillo, cambialahoracambiaelnombre, está tejiendo, con un rebosante par de tetas casi afuera del escote.
- Hola Pepina Riada. - la saludo.
Ni me mira. Sigue con lo suyo y le da una patada al perro, que justo andaba dando vueltas por ahí.
- Ese tango se llama "Peleando por el derecho".
- Ah, algún discípulo de Discépolo? Tango que tocará temas sociales, imagino.
- Nado que ver, amigo. Canta sobre cáncer de testículos. Peleo para que no saquen huevo derecho. - se ríe. Nos reímos.
Eran las cinco y cuarto. El perfume recién empezaba a llegar. Tomé un último mate. Los peces se asfixian. Saludé, tomé el Tren Maxilar y fui al bar. No iba a dejar las cosas así.
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