Cuando vemos que se nos viene una discusión encima, de repente empezamos a bailar tap, como en un musical, así de la nada.
Después contratamos un teatro para nosotros dos y uno hace un discurso desde el escenario, mientras el otro mira sentado desde abajo, cómodo en una butaca. Luego cambiamos de lugar.
Cuando terminamos, pintamos cuatro o cinco paredes con colores diversos. Las paredes tienen que estar en mal estado, si no no vale la pena restaurarlas.
A veces sacamos un papelito de un sombrero y elegimos un estilo para hacer una canción. Uno hace la música y el otro la letra.
Qué sé yo, así vale la pena discutir.
Las alocadas aventuras de alguien llamado Gabriel, cuya principal característica es aborrecer los diminutivos.
1 jun 2006
30 may 2006
Anodoncia
En el fondo del puto infierno y las tres aceitunas. Carozos carozan la carroza y la independencia independientemente de la indoamericanidad azora el mar de los azores azarosos al azar.
Tres veces siete ánima bendita me gatillo en vos. De cual estabamos hablando si los Hanson se separaron.
Un charco de botellas neosapientes desglosa una gallina para sacarle los tubérculos de la morosidad naciente. Cantan la canción de Kandinsky y se preguntan si era ruso o polaco y qué tanto lío puede hacer una persona por un punto y una línea. Almohadones sin nariz buscan otras maneras de no ser plumeros porque la sociedad es la culpable de toda avaricia cachonda. La Chacha era la mamá de Patoruzito primero y de Patoruzú después (después hablamos de si eso iba con zeta o no).
Cabalgabamos anoréxicas tres por rudimento porque se les quebraban los huesos después de un rato.
Si hubiera formas más maracas de alimentar un tambor coseríamos fuelles de ningún timbal.
Calorificamos la anodoncia del atlético souvenir coqueto tríptico de almanaque secular.
Infibularon la triangulación y comimos un poco de barro para conseguir que la sapiencia del magnífico alto verde atribuya otro palo del lado de la canilla.
Tres veces siete ánima bendita me gatillo en vos. De cual estabamos hablando si los Hanson se separaron.
Un charco de botellas neosapientes desglosa una gallina para sacarle los tubérculos de la morosidad naciente. Cantan la canción de Kandinsky y se preguntan si era ruso o polaco y qué tanto lío puede hacer una persona por un punto y una línea. Almohadones sin nariz buscan otras maneras de no ser plumeros porque la sociedad es la culpable de toda avaricia cachonda. La Chacha era la mamá de Patoruzito primero y de Patoruzú después (después hablamos de si eso iba con zeta o no).
Cabalgabamos anoréxicas tres por rudimento porque se les quebraban los huesos después de un rato.
Si hubiera formas más maracas de alimentar un tambor coseríamos fuelles de ningún timbal.
Calorificamos la anodoncia del atlético souvenir coqueto tríptico de almanaque secular.
Infibularon la triangulación y comimos un poco de barro para conseguir que la sapiencia del magnífico alto verde atribuya otro palo del lado de la canilla.
17 may 2006
Deacáca
Eh, sí, subite a la camionetita y decile que no eran tres, si no cuatro. Que deje de hinchar las pelotas con que compremos el pan. Si quiere pan que se lo compre ella.
Y encima cada vez que está cansada viene a joder con algo nuevo. Que se busque alguien a quien le interese.
Ni por asomo va a dejar de llover. Como si un gato sin ovillo pusiera la cola abajo de la silla hamaca. Así, como para ver qué pasa.
Y después, dejá un espacio en blanco. Un botón anaranjado. Y el pulóver que nunca te tejí.
Si será puta la vida que deja que la joda cualquiera. Vida jodida.
El un mundo, creo, es un lugar hermoso. Pero ser tan idiota no ayuda a darse cuenta.
Y encima cada vez que está cansada viene a joder con algo nuevo. Que se busque alguien a quien le interese.
Ni por asomo va a dejar de llover. Como si un gato sin ovillo pusiera la cola abajo de la silla hamaca. Así, como para ver qué pasa.
Y después, dejá un espacio en blanco. Un botón anaranjado. Y el pulóver que nunca te tejí.
Si será puta la vida que deja que la joda cualquiera. Vida jodida.
El un mundo, creo, es un lugar hermoso. Pero ser tan idiota no ayuda a darse cuenta.
1 may 2006
Cuenta agresiva
Dijimos "tres" y saltamos.
Veía cómo se iban descomponiendo a medida que caíamos. Y ellos veían cómo yo lo hacía. Fue una caída de años, en la que fuimos pudriendonos a lo largo del camino.
A veces encontrabamos hormigas que también habían caído, y se comían nuestra piel, los órganos, las entrañas que se desprendían de nuestros cuerpos. No teníamos nada que hacer, más que caer, y nos golpeabamos, o mordíamos nuestras manos. A veces escupíamos los pedazos. A veces los comíamos.
En muchas ocasiones chocábamos con nuestros propios excrementos. Por alguna razón caían más lento que nosotros.
Cuantos más años pasaban, más lenta era la caída. Y más angosto el conducto. Ibamos dejando nuestras partes arrancadas por las paredes filosas. Era lo único que sentíamos. Era lo que más odiabamos. Y lo que más queríamos.
Al final, luego de muchos años, sólo caían nuestras almas. Se azotaron contra el suelo sin hacer ningún ruido.
Los gusanos, sin inmutarse, se regocijaron.
Veía cómo se iban descomponiendo a medida que caíamos. Y ellos veían cómo yo lo hacía. Fue una caída de años, en la que fuimos pudriendonos a lo largo del camino.
A veces encontrabamos hormigas que también habían caído, y se comían nuestra piel, los órganos, las entrañas que se desprendían de nuestros cuerpos. No teníamos nada que hacer, más que caer, y nos golpeabamos, o mordíamos nuestras manos. A veces escupíamos los pedazos. A veces los comíamos.
En muchas ocasiones chocábamos con nuestros propios excrementos. Por alguna razón caían más lento que nosotros.
Cuantos más años pasaban, más lenta era la caída. Y más angosto el conducto. Ibamos dejando nuestras partes arrancadas por las paredes filosas. Era lo único que sentíamos. Era lo que más odiabamos. Y lo que más queríamos.
Al final, luego de muchos años, sólo caían nuestras almas. Se azotaron contra el suelo sin hacer ningún ruido.
Los gusanos, sin inmutarse, se regocijaron.
18 abr 2006
12 abr 2006
31 mar 2006
22 mar 2006
13 feb 2006
Ego
Enojado, me respondió: Es verdad... la única razón por la que no me chupo la verga es porque no llego.
Nunca más nos vimos.
Nunca más nos vimos.
1 feb 2006
Ojo de gorila
Descomunal invitación a bailar la que envíamos. Llamamos al presidente y le dijimos que traiga una carretilla para cada una, porque, si no, no iba a poder llevarlas.
Vino como a las tres y se puso a trabajar.
En el baile tuvimos algunos problemas, como el gorila que comió de más, con la consecuente explosión de su estómago. Extrañamente, no encontramos ni una banana. Tres libros infantiles, un anillo, un CD de jazz, veintitrés kilos de manzanas y dos revólveres. Pero ni una banana.
Al otro día fui a caminar por la ladera de la montaña. Cinco dragones me pidieron la hora. Y eso es raro, porque los dragones suelen tener reloj. Dos me guiñaron el ojo.
A la mitad de la caminata recordé que había olvidado cerrar el paso del aire en mi casa. Un desastre, podría escaparse todo el aire y luego no tendría nada para respirar. Pensé en estar en mi casa y cerrar el paso del aire con mi mano derecha. Eso, habitualmente, solucionaba este tipo de percance.
Seguí caminando y encontré un ojo del gorila que había explotado la noche anterior. Estaba hablando con una hormiga sobre los beneficios de la libre elección en los países subdesarrollados. Los dejé con su charla. Pensé que sería bueno acosar a alguna pobre desprevenida por teléfono. Debería ser linda y conocida, eso sí.
Lo hice al otro día, esa noche tenía un partido de ajedrez con el rey de Alemania. Luego de 72 litros de cerveza, decidimos dejarlo en un empate. La verdad es que, entre la vomitada, no podíamos ver las piezas.
Cuando me llevaron a la cárcel, por arrancarle los intestinos a aquella estrella tan famosa que se negaba a entregarme sus gritos, simplemente hice lo que hago siempre. Pensé: "Qué haría Iorio en este momento?". E hice exactamente lo contrario.
Es extraño, ya no añoro más los acordeones en los burdeles. Otra vez será, es momento de terminar.
Vino como a las tres y se puso a trabajar.
En el baile tuvimos algunos problemas, como el gorila que comió de más, con la consecuente explosión de su estómago. Extrañamente, no encontramos ni una banana. Tres libros infantiles, un anillo, un CD de jazz, veintitrés kilos de manzanas y dos revólveres. Pero ni una banana.
Al otro día fui a caminar por la ladera de la montaña. Cinco dragones me pidieron la hora. Y eso es raro, porque los dragones suelen tener reloj. Dos me guiñaron el ojo.
A la mitad de la caminata recordé que había olvidado cerrar el paso del aire en mi casa. Un desastre, podría escaparse todo el aire y luego no tendría nada para respirar. Pensé en estar en mi casa y cerrar el paso del aire con mi mano derecha. Eso, habitualmente, solucionaba este tipo de percance.
Seguí caminando y encontré un ojo del gorila que había explotado la noche anterior. Estaba hablando con una hormiga sobre los beneficios de la libre elección en los países subdesarrollados. Los dejé con su charla. Pensé que sería bueno acosar a alguna pobre desprevenida por teléfono. Debería ser linda y conocida, eso sí.
Lo hice al otro día, esa noche tenía un partido de ajedrez con el rey de Alemania. Luego de 72 litros de cerveza, decidimos dejarlo en un empate. La verdad es que, entre la vomitada, no podíamos ver las piezas.
Cuando me llevaron a la cárcel, por arrancarle los intestinos a aquella estrella tan famosa que se negaba a entregarme sus gritos, simplemente hice lo que hago siempre. Pensé: "Qué haría Iorio en este momento?". E hice exactamente lo contrario.
Es extraño, ya no añoro más los acordeones en los burdeles. Otra vez será, es momento de terminar.
3 dic 2005
Tapones
Tapones. Miran a la izquierda y señalan la llama. A la derecha, nada. Invita como si fuera el dolor.
Escucharon un grito. Curiosos, se dirigen allá. Creen que no volverán.
Silencio entre cada canción. Un dinosaurio que ya se extinguió. Vuelve a suceder.
La grabación se detiene. La actriz pregunta "Cuál fue el error?". Ninguno. Nunca nada sucedió.
Escalas tonales, diacrónicas, octatónicas. Una fórmula para el fracaso. Como si importara, a esta altura.
Una hemorroide pasa y saluda. Nunca más se sienta. Detesta esa clase de saludos. Pica pica bajada cordón.
La nariz de Papá Noel, tan parecida a la de aquel payaso. Suerte que murió, despedazado por su propio trineo. Venganza de los renos. Aquella fotografía en el diario del domingo 25, el gordo hijo de puta con las tripas para afuera. Barbie y Ken ensangrentados, como terminando de tener sexo (o comenzando), entre las pelotas machucadas del barbudo que dejaba de existir ese día. Rodolfo se revolcaba en la mierda. Cadena perpetua, dijeron.
Nunca supimos qué era lo que pasaba con la rubia. Montaba como una auténtica puta, pero, apenas acababa, desaparecía. Tal vez así era mejor.
Esos rulos...
Escucharon un grito. Curiosos, se dirigen allá. Creen que no volverán.
Silencio entre cada canción. Un dinosaurio que ya se extinguió. Vuelve a suceder.
La grabación se detiene. La actriz pregunta "Cuál fue el error?". Ninguno. Nunca nada sucedió.
Escalas tonales, diacrónicas, octatónicas. Una fórmula para el fracaso. Como si importara, a esta altura.
Una hemorroide pasa y saluda. Nunca más se sienta. Detesta esa clase de saludos. Pica pica bajada cordón.
La nariz de Papá Noel, tan parecida a la de aquel payaso. Suerte que murió, despedazado por su propio trineo. Venganza de los renos. Aquella fotografía en el diario del domingo 25, el gordo hijo de puta con las tripas para afuera. Barbie y Ken ensangrentados, como terminando de tener sexo (o comenzando), entre las pelotas machucadas del barbudo que dejaba de existir ese día. Rodolfo se revolcaba en la mierda. Cadena perpetua, dijeron.
Nunca supimos qué era lo que pasaba con la rubia. Montaba como una auténtica puta, pero, apenas acababa, desaparecía. Tal vez así era mejor.
Esos rulos...
14 nov 2005
12 nov 2005
3 nov 2005
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