14 ago. 2006

Fotocopia de adoquín

Supongo yo que fue la presión intrínseca del almíbar en los anteojos. Las flores intentaron cazar la teta, pero la isinka no tuvo mayor éxito.

Era como una voz ansélmica, bálsamo de la papafrita mayor. Una sartén tuvo la desdicha de ser otro cuadrado sin mayores huecos o ambiciones que escribir con un teclado de cucarachas.

Era "mentira lie tuve had" y todo se traducía por una botella inalámbrica que sólo funcionaba cuando llovía. Paró la tormenta. Un color de tamaño cuatro tuvo la buena idea de continuar, a ver qué pasaba. La salamandra tuvo un quiste en el útero por dos semanas antes de notar que había muerto antes aún que Dios mismo. Siguió con lo suyo.

No podía faltar un gorila, aquel que en vez de pisar la cáscara, más bien se comía la banana. El caracol del otro cuento lo invitó a tomar el té y terminaron teniendo sexo en la cocina. Nadie limpió y una tipa se enojó.

Se cerró la ventana de olor a maní con cuatro manijas, lo que significaba que un sempiterno muchacho había olvidado cómo utilizar el mercachifle. Era hora de andar en bolsa hasta Australia.

El (lo que sea) sería incentivo suficiente.

Nada mejor que un renglón en blanco.