30 may. 2006

Anodoncia

En el fondo del puto infierno y las tres aceitunas. Carozos carozan la carroza y la independencia independientemente de la indoamericanidad azora el mar de los azores azarosos al azar.

Tres veces siete ánima bendita me gatillo en vos. De cual estabamos hablando si los Hanson se separaron.

Un charco de botellas neosapientes desglosa una gallina para sacarle los tubérculos de la morosidad naciente. Cantan la canción de Kandinsky y se preguntan si era ruso o polaco y qué tanto lío puede hacer una persona por un punto y una línea. Almohadones sin nariz buscan otras maneras de no ser plumeros porque la sociedad es la culpable de toda avaricia cachonda. La Chacha era la mamá de Patoruzito primero y de Patoruzú después (después hablamos de si eso iba con zeta o no).

Cabalgabamos anoréxicas tres por rudimento porque se les quebraban los huesos después de un rato.

Si hubiera formas más maracas de alimentar un tambor coseríamos fuelles de ningún timbal.

Calorificamos la anodoncia del atlético souvenir coqueto tríptico de almanaque secular.

Infibularon la triangulación y comimos un poco de barro para conseguir que la sapiencia del magnífico alto verde atribuya otro palo del lado de la canilla.

17 may. 2006

Deacáca

Eh, sí, subite a la camionetita y decile que no eran tres, si no cuatro. Que deje de hinchar las pelotas con que compremos el pan. Si quiere pan que se lo compre ella.

Y encima cada vez que está cansada viene a joder con algo nuevo. Que se busque alguien a quien le interese.

Ni por asomo va a dejar de llover. Como si un gato sin ovillo pusiera la cola abajo de la silla hamaca. Así, como para ver qué pasa.

Y después, dejá un espacio en blanco. Un botón anaranjado. Y el pulóver que nunca te tejí.

Si será puta la vida que deja que la joda cualquiera. Vida jodida.

El un mundo, creo, es un lugar hermoso. Pero ser tan idiota no ayuda a darse cuenta.

1 may. 2006

Cuenta agresiva

Dijimos "tres" y saltamos.

Veía cómo se iban descomponiendo a medida que caíamos. Y ellos veían cómo yo lo hacía. Fue una caída de años, en la que fuimos pudriendonos a lo largo del camino.

A veces encontrabamos hormigas que también habían caído, y se comían nuestra piel, los órganos, las entrañas que se desprendían de nuestros cuerpos. No teníamos nada que hacer, más que caer, y nos golpeabamos, o mordíamos nuestras manos. A veces escupíamos los pedazos. A veces los comíamos.

En muchas ocasiones chocábamos con nuestros propios excrementos. Por alguna razón caían más lento que nosotros.

Cuantos más años pasaban, más lenta era la caída. Y más angosto el conducto. Ibamos dejando nuestras partes arrancadas por las paredes filosas. Era lo único que sentíamos. Era lo que más odiabamos. Y lo que más queríamos.

Al final, luego de muchos años, sólo caían nuestras almas. Se azotaron contra el suelo sin hacer ningún ruido.

Los gusanos, sin inmutarse, se regocijaron.

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