12 dic. 2006

Bichuco

30 nov. 2006

Índice Albergue

Consiguientemente, hubo un murmullo. Había arrancado sus propias orejas, para beneplácito de un suculento público de magros ratones. Conseguimos tres boletos baratos hacia el destino axilar, pero hubo unos problemas con las maletas, o el maletero, no recuerdo.

Fue como si el mismísimo Thor quisiera destruir todos los sueños de aquella putrefacta vida que teníamos.

Sólo nos quedaba seguir cagando en las alcantarillas por un mísero sueldo y tres albóndigas de papel. El papel cada vez sabía peor. Y, como siempre, no estabamos seguros de lo que iba a pasar.

Tal vez en otra ocasión.

14 ago. 2006

Fotocopia de adoquín

Supongo yo que fue la presión intrínseca del almíbar en los anteojos. Las flores intentaron cazar la teta, pero la isinka no tuvo mayor éxito.

Era como una voz ansélmica, bálsamo de la papafrita mayor. Una sartén tuvo la desdicha de ser otro cuadrado sin mayores huecos o ambiciones que escribir con un teclado de cucarachas.

Era "mentira lie tuve had" y todo se traducía por una botella inalámbrica que sólo funcionaba cuando llovía. Paró la tormenta. Un color de tamaño cuatro tuvo la buena idea de continuar, a ver qué pasaba. La salamandra tuvo un quiste en el útero por dos semanas antes de notar que había muerto antes aún que Dios mismo. Siguió con lo suyo.

No podía faltar un gorila, aquel que en vez de pisar la cáscara, más bien se comía la banana. El caracol del otro cuento lo invitó a tomar el té y terminaron teniendo sexo en la cocina. Nadie limpió y una tipa se enojó.

Se cerró la ventana de olor a maní con cuatro manijas, lo que significaba que un sempiterno muchacho había olvidado cómo utilizar el mercachifle. Era hora de andar en bolsa hasta Australia.

El (lo que sea) sería incentivo suficiente.

Nada mejor que un renglón en blanco.

5 jun. 2006

Biblia

Como para no hacer la cama, eran dos negritas. Un botón anaranjado indicaba la presencia del Killer Muto, analgado presidente de la barra brava del club de almaceneros. Quiso el queso quizás.

Cantaba con una voz gutural, aunque por ahí se aflautaba y extrañaba algunas precisiones. Nunca se equivocaba.

Era como una música de pestilencia, con moscas magulladas que comían la carne, la vomitaban, la comían, la cagaban, la comían, la incorporaban y se comían a ellas mismas. Y un ratón azul filmaba y contraía matrimonio con una hemorroide hermafrodita.

Nunca había viajado tan lejos ni había llegado a donde quería ir. Y nunca estaba donde quería estar. Ahora que lo había logrado no sabía que hacer. Así que contrató al Candente Danzarín del Cuchillo y murió una muerte violenta.

Antes había conseguido que la droga del Empelucado Malevolente le sugiera algunas ideas: Nunca apretarlateclaqueseparalaspalabras; convertir la anorexia en virtud; masticar gigantes para hacer harina de panes de cristal; involuntariar las tetas de una doncella, para eyacular violentamente, nunca evitando los espasmos que produce el vidrio en los conductos sanguinolientos; beber de a tres puntos, enrollado en intestinos de maní impávido; hablar con las chicas desnudas de cada esquina, producía temas de alta razón y ambivalencia cultural, nada que añorase.

Una vez se había metido un pato en el culo, por lo que el pato terminó lleno de mierda. Ese fue el famoso nacimiento del pato que ponía huevos de chocolate. Se hizo rico y luego murió.

La historia de la humanidad comienza así.

1 jun. 2006

Discutiendo

Cuando vemos que se nos viene una discusión encima, de repente empezamos a bailar tap, como en un musical, así de la nada.

Después contratamos un teatro para nosotros dos y uno hace un discurso desde el escenario, mientras el otro mira sentado desde abajo, cómodo en una butaca. Luego cambiamos de lugar.

Cuando terminamos, pintamos cuatro o cinco paredes con colores diversos. Las paredes tienen que estar en mal estado, si no no vale la pena restaurarlas.

A veces sacamos un papelito de un sombrero y elegimos un estilo para hacer una canción. Uno hace la música y el otro la letra.

Qué sé yo, así vale la pena discutir.

30 may. 2006

Anodoncia

En el fondo del puto infierno y las tres aceitunas. Carozos carozan la carroza y la independencia independientemente de la indoamericanidad azora el mar de los azores azarosos al azar.

Tres veces siete ánima bendita me gatillo en vos. De cual estabamos hablando si los Hanson se separaron.

Un charco de botellas neosapientes desglosa una gallina para sacarle los tubérculos de la morosidad naciente. Cantan la canción de Kandinsky y se preguntan si era ruso o polaco y qué tanto lío puede hacer una persona por un punto y una línea. Almohadones sin nariz buscan otras maneras de no ser plumeros porque la sociedad es la culpable de toda avaricia cachonda. La Chacha era la mamá de Patoruzito primero y de Patoruzú después (después hablamos de si eso iba con zeta o no).

Cabalgabamos anoréxicas tres por rudimento porque se les quebraban los huesos después de un rato.

Si hubiera formas más maracas de alimentar un tambor coseríamos fuelles de ningún timbal.

Calorificamos la anodoncia del atlético souvenir coqueto tríptico de almanaque secular.

Infibularon la triangulación y comimos un poco de barro para conseguir que la sapiencia del magnífico alto verde atribuya otro palo del lado de la canilla.

17 may. 2006

Deacáca

Eh, sí, subite a la camionetita y decile que no eran tres, si no cuatro. Que deje de hinchar las pelotas con que compremos el pan. Si quiere pan que se lo compre ella.

Y encima cada vez que está cansada viene a joder con algo nuevo. Que se busque alguien a quien le interese.

Ni por asomo va a dejar de llover. Como si un gato sin ovillo pusiera la cola abajo de la silla hamaca. Así, como para ver qué pasa.

Y después, dejá un espacio en blanco. Un botón anaranjado. Y el pulóver que nunca te tejí.

Si será puta la vida que deja que la joda cualquiera. Vida jodida.

El un mundo, creo, es un lugar hermoso. Pero ser tan idiota no ayuda a darse cuenta.

1 may. 2006

Cuenta agresiva

Dijimos "tres" y saltamos.

Veía cómo se iban descomponiendo a medida que caíamos. Y ellos veían cómo yo lo hacía. Fue una caída de años, en la que fuimos pudriendonos a lo largo del camino.

A veces encontrabamos hormigas que también habían caído, y se comían nuestra piel, los órganos, las entrañas que se desprendían de nuestros cuerpos. No teníamos nada que hacer, más que caer, y nos golpeabamos, o mordíamos nuestras manos. A veces escupíamos los pedazos. A veces los comíamos.

En muchas ocasiones chocábamos con nuestros propios excrementos. Por alguna razón caían más lento que nosotros.

Cuantos más años pasaban, más lenta era la caída. Y más angosto el conducto. Ibamos dejando nuestras partes arrancadas por las paredes filosas. Era lo único que sentíamos. Era lo que más odiabamos. Y lo que más queríamos.

Al final, luego de muchos años, sólo caían nuestras almas. Se azotaron contra el suelo sin hacer ningún ruido.

Los gusanos, sin inmutarse, se regocijaron.

3D






22 mar. 2006

Dragón de tinta


De cuando tenía 18 ó 19 años.

13 feb. 2006

Ego

Enojado, me respondió: Es verdad... la única razón por la que no me chupo la verga es porque no llego.

Nunca más nos vimos.

1 feb. 2006

Ojo de gorila

Descomunal invitación a bailar la que envíamos. Llamamos al presidente y le dijimos que traiga una carretilla para cada una, porque, si no, no iba a poder llevarlas.

Vino como a las tres y se puso a trabajar.

En el baile tuvimos algunos problemas, como el gorila que comió de más, con la consecuente explosión de su estómago. Extrañamente, no encontramos ni una banana. Tres libros infantiles, un anillo, un CD de jazz, veintitrés kilos de manzanas y dos revólveres. Pero ni una banana.

Al otro día fui a caminar por la ladera de la montaña. Cinco dragones me pidieron la hora. Y eso es raro, porque los dragones suelen tener reloj. Dos me guiñaron el ojo.

A la mitad de la caminata recordé que había olvidado cerrar el paso del aire en mi casa. Un desastre, podría escaparse todo el aire y luego no tendría nada para respirar. Pensé en estar en mi casa y cerrar el paso del aire con mi mano derecha. Eso, habitualmente, solucionaba este tipo de percance.

Seguí caminando y encontré un ojo del gorila que había explotado la noche anterior. Estaba hablando con una hormiga sobre los beneficios de la libre elección en los países subdesarrollados. Los dejé con su charla. Pensé que sería bueno acosar a alguna pobre desprevenida por teléfono. Debería ser linda y conocida, eso sí.

Lo hice al otro día, esa noche tenía un partido de ajedrez con el rey de Alemania. Luego de 72 litros de cerveza, decidimos dejarlo en un empate. La verdad es que, entre la vomitada, no podíamos ver las piezas.

Cuando me llevaron a la cárcel, por arrancarle los intestinos a aquella estrella tan famosa que se negaba a entregarme sus gritos, simplemente hice lo que hago siempre. Pensé: "Qué haría Iorio en este momento?". E hice exactamente lo contrario.

Es extraño, ya no añoro más los acordeones en los burdeles. Otra vez será, es momento de terminar.