10 jul. 2005

Mi vida en el campo

Saqué el agua del tanque y resultó que no era agua, sino lagartijas. "Bué.", dije, "Otro día de esos.".

Me cambié el abrigo, porque estaba nevando, y seguí extrañando a mi vaca. Extrañar a mi vaca era la tarea que me había encomendado Tatadió un domingo 27 de abril de 1935 a las nueve de la mañana. Yo no había nacido. Pero me acordaba.

Extraño 35 minutos, de 10 a 10:35 AM. Lo hago profesionalmente, sin dudas, cavilaciones o andrajosidades.
Después de eso, a veces miro el río, como para acordarme de algo cuando ya no pueda salir.

Ordeñar las gallinas es otra cosa. Mayormente salen huevos, pero a veces logro leche. Creo que las gallinas tienen su opinión al respecto, pero nunca he podido entender más que un "Cló cló", algún que otro "Caaaa" y el "Vamo River todavía" ocasional.

Es más que nada una cuestión fonética, porque de chico tuve oportunidad de aprender el idioma. Pero la profesora era una gallina cordobesa. Y es sabido que allí el acento es diferente. Y el acento dificulta las cosas. Las cosas del entendimiento.

Para zanjar el problema: puchero. De gallina. Grasoso y abundante.

He sabido de gente que soluciona sus problemas de otra manera. Pero acá: puchero. Como los hombres. Alimentados a puchero. De gallina. Hombres. Hombres de gallina. Puchero pertrecho gallina. Pacheco. El loco Pacheco no ataja más.

Coincidió el fin del ordeñe con el principio del mediodía. El almuerzo. Almuerzo sin ideologías, porque así evito indigestiones. Tolero el garbanzo mejor que el hinojo. Desayuno alcahucil. Imprime su sello.

Pero me fui de tema.

El alazán, bayo como ninguno, estaba rengo. Mordido por una víbora, de atrás, como muerden las víboras, tuve que hacerle un tajo, chupar la sangre y escupirla, por rica que fuera.

Al trabajo tuvo que ir, como siempre. Por lo general no aramos como el resto. Eso de arar verticales, u horizontales, es cosa del pasado. Cosa trillada, juzgada, mal vista.

Yo aro ta-te-tíes. Entre los dos hacemos el tablero. Después yo dibujo un círculo, él una cruz. Círculo, cruz, círculo, cruz, círculo... raya. A veces. Por lo general empatamos. Pero si alguno gana: raya. El que gana se queda descansando. Toma mate, desvía la vista (ver a un perdedor relaja el estómago) y lee alguna cosita. Tengo una bonita colección de boletos de tren para leer.

Están ordenados. Pero es más divertido tirarlos, que el azar haga lo suyo, y volver a ordenarlos. Así pierdo la tarde cuando gano. Pierdo/gano.

El que pierde siembra.

Sembrar no sembramos mucho. O sea, para qué? A veces tomate, para despuntar el vicio. Pero lo divertido es arar. Tatetismo compulsivo.

Pero en grande. Si no, no vale la pena. En un cuaderno juega cualquiera. Y mi caballo es todo un contrincante. De los grandes.

Cuando sembramos tomate, una buena parte se la comen las hormigas. Adictas a la ensalada. De tomate.
A falta de mejores métodos, extermino la invasión con una doce recortada heredada de mi papá.

Lo que no se comen las hormigas es eliminado por los perdigones. Perdigones hambrientos de tomates. Y de hormigas.

He aquí por qué no vale la pena sembrar. Por eso y por el tatetismo. Compulsivo.

Cierta parte de la perdigonada ha decidido quedarse a vivir en el campo. Mi campo.

Como es sabido, para sobrevivir como perdigón es menester reproducirse rápidamente. Eso deja una impronta: falta de lugar.

Y mi terreno, como la mayoría de los terrenos, es finito. Es decir, finiquita, tiene un fin.

Los perdigones se reproducen cual conejos. Tremenda infección.

El único medio del cual dispongo para eliminar cualquier invasión es la doce recortada, lo cual es igual a más perdigones. Si no, prueben.

Los que no se deciden a reproducirse se van a vivir a las ciudades, para vivir cómodamente, con trabajos de oficina para perdigón. Pum.

A la nochecita me entra el sueño. Entra por una puertita que tengo en los ojos. Antes de cerrar la puertita cierra la persiana, que son los párpados.

Si hago tiempo, me llego hasta la cama. Si no, me duermo por ahí, en el patio. Todo depende de dónde haya estado antes. Si no, a la cama. Dormir.

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