7 sep. 2005

Entrada

Entrás a la habitación y vas directo a pegarle. Una piña. En la frente. Que duela, pero que no mate.
Si quisieras matar le hundirías la nariz hasta el cerebro, como ya hiciste antes.

Pero no. Querés que sufra. Un rato, al menos.

Nadie te hace eso. Ni a ella. Ni va a hacerlo de nuevo.

Así que generás sufrimiento.

Quebrale los dedos. Hundile los tuyos en los ojos. Clavá tus rodillas en sus riñones. Que duela. Que sufra. Y que se repita. Que se repita.

La sangre no basta. Necesitás los gritos. Sólo por eso no le cortás la lengua.

Se caga. Mierda de persona. Genera más mierda. Que se coma la suya, y nunca más alguien volverá a probarla. Está escrito.

Entonces, se come su mierda. Lo ayudás a hacerlo. Mierda de persona.

Tuviste suficientes gritos? No, un poco más. Golpearle los oídos ayuda. Como mera casualidad, esto impide que se escuche a sí mismo. Y puede seguir gritando.

Se acaban los gritos, empieza la sangre. La lengua sangra mucho. Lengua muerta. Los ojos también. La garganta. Garganta. Corte profundo.

Ya no tiene sentido seguir cortando. Nada late. Nada impulsa.

Y, así, te pintás de sangre, el eco de sus gritos retumbando en ese hueco que dejó tu alma. Sólo para que no vuelva a hacerlo. Esa fue tu entrada.

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