9 oct. 2005

Accidentes, genética obligatoria.

De tiempo en tiempo, el Insípido Mamotreto Casquivano apaga las luces de la Ciudad de Adán durante la noche.

Se sienta en la Torre de Carne y observa los accidentes. Al cabo de una hora, más o menos, me pide sus instrumentos y bajamos a la calle.

Curioseamos un rato y nos reímos, alegres. Mucha gente queda aprisionada en sus vehículos. Otras salen expulsadas.

A quienes quedan atrapados, los serruchamos, cercenamos, trepanamos, desinfectamos. Los liberamos. En pequeñas partes.

Quienes no han quedado atrapados (debido a la naturaleza auto cortante de los vehículos modernos) se encuentran ya desparramados a lo largo, ancho, alto y bajo de las calles y edificios circundantes.

Tomamos un trago de Licor Para Descangayar el Alma y comenzamos a trabajar divertirnos.

Cosemos. Probamos. Cortamos. Volvemos a coser. El hilo pasa entre la carne y pega pedazos de personas. A veces la misma, a veces distinta.

Las almas, las vidas, los nombres se entrecruzan. La que Nunca Levitaba pasa a ser La que Amaba y Retorcía. Aquel quien Amaba las Salchichas Envueltas en Diarios empezó a ser conocido como Aquel quien Nunca Corrió en un Diario Ergonómico. Demeter el que Intentaba ser un Mago, fue Demeter el de Corbata Celeste que Nunca.

Al Insípido Mamotreto Casquivano le gusta cambiar las vidas elementos circundantes. A veces, subrepticiamente. A veces, arrancando carne a mordiscones.

También le gustan los Caramelos de Choclo Ávido. Cuando terminamos, me convida uno y volvemos a la Torre de Carne.

Vuelven las luces, en la Ciudad de Adán.

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