26 oct. 2005

Podoplo

Todo el mundo debería tener un podoplo. Claro que eso no es algo que uno pueda elegir. Es el podoplo el que lo elige a uno. O eso es lo que les gusta creer.

De cualquier manera, todos deberían tener uno. O merecerlo.

No recuerdo bien. Creo que siempre viví con mi podoplo. Estoy casi seguro de que lo heredé de mi madre. Ella nunca lo dijo, pero era bastante obvio, por lo menos para mí, que sabía de mi podoplo. Y la única manera de saber acerca de los podoplos es haber tenido uno.
No puedo siquiera imaginar por qué este podoplo habrá dejado a mi madre para venir conmigo. Tal vez era un acuerdo. Él estaría con ella a cambio de su primer hijo. Como en los cuentos de hadas. Entonces, soy suyo...

Posiblemente por eso nunca sentí demasiado respeto por mis padres. Sabía que no les pertenecía.

Y nada que ellos pudieran hacer era comparable con lo que el podoplo les haría. O a mí.

El podoplo no representa ninguna ventaja para mí, lo cual realmente no importa, ya que lo verdaderamente importante es qué ventaja yo represento para él. Eso es lo que me inquieta. ¿Para qué puede querer a un ser tan insignificante? ¿Qué es lo que obtiene? Lo único que me da importancia, lo que, en cierta forma, me enaltece, es que él me haya elegido. Pero eso sólo me importa a mí.

Me extraña saber tantas cosas sobre él, siendo que nunca nos comunicamos. Por ejemplo, puedo decir que quien no haya oído el canto del podoplo nunca ha utilizado sus oídos para algo bueno. Sin embargo no puedo describir su melodía, si es que la hay, ya que no la recuerdo. Sé que el podoplo canta. También sé que sólo lo hace para él. Pero no sé por qué canta. Siempre hay algo de él que no sé. Sin embargo, estoy seguro de que él sabe todo sobre mí.

Nunca pude verlo. De hecho, hay momentos en que llego a dudar de su existencia. Pero son sólo segundos de poca lucidez, desmayos. Sé que él está ahí.

Con el tiempo, pude saber dónde vive y cuáles son sus lugares preferidos. En invierno, por ejemplo, está siempre en la chimenea. Por eso no la enciendo nunca, aunque el frío me congele, o incluso lo haga con él. Él es su propio calor, así como es su propia razón de existir.
En los días calurosos vuela. No lleva a nadie con él, ya que a nadie necesita. Anda persiguiendo al horizonte, buscando la manera de que siempre sea de noche, que es lo que más le gusta. Y es lo que más me gusta de él. Yo también, con mis estúpidas limitaciones, siempre busco el horizonte. Sólo para saber a dónde ir.

Cuando me siento, le gusta esconderse debajo de mi silla y susurrarme cosas para distraerme. Claro que yo no las escucho, por el simple hecho de que él no dice nada.

A veces invita a otros podoplos, sólo para cantar. En conjunto producen un sonido similar al ruido blanco, pero mucho más placentero. Este sonido no es en absoluto parecido al canto de un solo podoplo. Tampoco sé por qué. Sólo sé que los podoplos no disfrutan de la compañía de sus congéneres y de todas maneras se reúnen.

No sé qué gustos tendrán los demás, pero mi podoplo adora los colores oscuros. Los adora casi tanto como al frío. Una vez dejé, por equivocación, una tela amarilla sobre mi cama y no supe del podoplo por dos semanas. Esto se solucionó cuando conseguí suficientes cosas oscuras como para atraer de nuevo su atención. Podía sentir su felicidad por toda la casa confundiéndose con la mía.

Cuando duermo, disfruta enredándose entre mis cabellos. Le dicta cosas a mi cerebro que de otra manera no imaginaría. A veces despierto y me doy cuenta de que está durmiendo en mi cabeza. Por supuesto que no lo molesto. Seguramente merece ese descanso.

Me pregunto por qué le gustará mi cabello, ya que no es de color oscuro. En realidad, nada en mi exterior es oscuro. Tal vez disfruta dar paseos entre los bucles y desarmarlos, para luego recomponerlos. Pero esto no es algo que yo sepa.

Los podoplos oyen, pero no les gusta oír. En especial cuando se habla de ellos. Cuando esto ocurre, simplemente se hunden en la tierra y se dedican a comer raíces, que es lo único que comen. La cantidad de raíces que coman dependerá siempre del tiempo que se hable de ellos. Debo decir que mi podoplo está casi famélico, cosa que a él no le importa. Es perfectamente consciente de su inmortalidad. Además, prefiere el hambre, si es que lo siente, a ser un tema de conversación entre humanos.

Todos los podoplos se creen artistas. Moldean las vidas de sus dueños como un escultor lo hace con la arcilla. Les dan colores, los cuales, casi siempre, son los más oscuros. Sólo agregan luces en los espacios adecuados. Son especialistas en crear relieves, que hacen la vida un poco diferente a las demás. Agregan música en los momentos que corresponden, pero, sobre todo, agregan silencios, que son lo más importante. Dan un título a su obra y con ello le confieren sentido.

Pero nunca la firman, porque saben que ella es más fruto del azar que de sus propias intenciones y, por lo tanto, no les pertenece.

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