5 oct. 2005

Despertares obscenos, metamorfosis no kafkianas.

Un día se levantó (estas historias empiezan así) y le había salido una uña en la pija.

No se preocupó demasiado. No era el sueño de su vida, pero tampoco una pesadilla. Alguna utilidad le encontraría. Se rascó la cabeza.

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Ese día se despertó y notó algo raro en sus manos. Cada dedo se había convertido en una perfecta, viril, erecta pija.

Pensó en que cepillarse los dientes sería toda una afrenta hacia su masculinidad.
Pero, después de todo, no la pasaría tan mal.

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Un día como cualquier otro, abrió los ojos y sus huevos eran dos uvas. No un racimo: DOS uvas. Negras, ovaladas, lisas. Uvas.

Se preocupó un poco. Luego lo pensó mejor.

Se dirigió a la cocina, meó en un vaso y bebió el líquido. El mejor vino que había probado en su vida.

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Aquella mañana despertó y su pija era un hámster.

Estaba dormido, con los carretes inflados de tanto almacenar semen comida. Un hermoso peluche orgánico.

Algo andaba mal, demasiada temperatura. Fiebre.

Finalmente, era la oportunidad para visitar a aquella soberbia morocha tetona que atendía en la veterinaria de la esquina.

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Despertó. No, no era un sueño, ni su imaginación.

Sus ojos, dos soberbios huevos de toro. Su nariz, una tremenda verga de caballo.

Tocó su boca. Una espléndida concha de mujer. La más roja, carnosa, caliente y jugosa concha de mujer.

Lo pensó un rato, tratando de recordar.

No, la zoofilia no era ilegal en aquel lugar.

Comenzó la faena.

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Abrió los ojos violentamente. Algo andaba mal.

Corrió hacia la cocina y lo vio. Todas sus sillas se habían convertido en tremendos falos con patas de animal.

No podía ser. Sería una pesadilla, seguramente.

Volvió a la cama y siguió durmiendo un rato más.

Cuando despertó, ya era tarde. Las sillas habían violado a todo el mobiliario.

Llamó a la policía.

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Despertó con una sensación extraña. Un sabor poco familiar en la boca. No escuchaba ningún sonido en la casa. Un dolor punzante en el ano. Serían sus hemorroides.

Fue al baño y se miró al espejo. Comprendió.

Su verga se había inflado hasta tener el grosor de una manguera de bombero.

Aburrida, había incrustado su glande en la boca. Comenzó a bombear semen, directamente en el esófago.

De las orejas salían dos pijas más, algo más flexibles, bastante más angostas.

Iban hacia su espalda. Se dio vuelta frente al espejo, para ver mejor. Tenía las dos vergas auriculares encajadas casi herméticamente en el esfínter anal. Casi. Por un pequeñísimo agujero manaba continuamente un hilo de sangre, pus, mierda y semen.

Miró el reloj. Era tarde, casi las 8.00.

Buscó la ropa, que siempre dejaba sobre la silla, se vistió y corrió hasta la oficina.

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Era sábado, diez de la mañana. Sonó el despertador y se despertó, como siempre, para mirar los dibujitos.

Manoteó el control remoto y, en seguida, notó algo extraño. Húmedo, peludo, oloroso y profundo.

Una grotesca vagina granosa. Miles de granos (en realidad no eran más de veinte) numerados, purulentos.

El televisor, frente a su cama, era un inmenso ano desgarrado en uno de sus lados. Dos hermosos
soretes en la parte superior hacían las veces de antena.

Encendió el aparato y este comenzó a convulsionar. Espasmódicamente, un cólico tras otro, vomitaba su mierda. Mierda con granos de arroz, de maíz, manos de persona, labios corroídos por venenosos maquillajes, voces quebradas por falsos llantos, vómitos tragados digeridos y cagados con todo éxito. Inundaba la habitación.

Algo había pasado con el canal de dibujitos. No lo encontraba. Tal vez la empresa lo había quitado.

Pensó en que el lunes llamaría para consultar al respecto. Se dio vuelta y durmió dos horas más.

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Le gustaba la selva, por eso durmió fuera de la choza. Era jueves y despertó convertido en una Pija Asesina Elefantes. La Mujer Teta estaba a su lado, ya despierta, manando su leche pegajosa, grumosa, a raudales sobre los hambrientos Leones Mierda.

Le parecía un buen día para cojer. Los jueves, todos lo saben, los elefantes son vaginas andantes, buscando muerte y placer en manos de los Pija Asesina Elefantes.

Sonrió y salió a cazar.

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Había decidido que era la última vez que se acostaba con su hermana. La cosa ya empezaba a darle asco.

Se habían dormido abrazados, después de tremendos cinco polvazos. Polvos chorreantes, blancos, espesos, vaporosos como bosta caliente de caballo.

Despertó y la observó unos minutos. Algo había cambiado y no podía determinar qué. Desparramados a lo largo y ancho del cuerpo, mordiscones, arañazos, moretones, coágulos. Todos de la noche anterior.

Le levantó los brazos. Ahí lo esperaban, sórdidas, expectantes, dos profundas y peludas vaginas dentadas.

Siempre había buscado una razón para poder ser feliz con sus brazos pija, glandes mano, sangre semen.

Esto sería algo nuevo. Completamente. Para los dos.

La acomodó un poco y, sin pensarlo demasiado, la penetró con sus brazos pija.

Ella sonrió, entredormida. Las vaginas dentadas mordieron, una y otra vez.

La sangre semen comenzó a ahogarlos.

Gozaron.

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A las siete de la mañana el reloj despertador comenzó a gritar, orgasmo tras orgasmo.

Bloqueó la campanilla y su boca era un ano. Sus uñas eran mierda. Su aliento era espeso y ácido como vomitada. Sus dientes eran vaginas gangrenosas qué él no podía dejar de lamer con su lengua intestino.

Miró en el espejo su piel chorreante orín.

Olía bien. Muy bien.

Vomitó algunas palabras a su hombre que lo coje todas las noches y él las tragó.

Desde sus orejas la pus mierda cagada por moscas caía sobre sus hombros.

Tomó un poco con sus manos lagrimal inflamado y la comió.

Este tenía que ser un buen día. Un poco distinto a los otros.

Un día para caminar sobre la mierda que se come. Respirar el olor.

Un día marrón.

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