26 oct. 2005

Ombus

Un ombu lleva una vida tranquila. Nunca se aleja demasiado de su casa, un pequeño cilindro de madera que él mismo construye o hereda de generaciones anteriores. Es, además, poco frecuente que estos cilindros estén muy alejados unos de otros.

No puede decirse que sean una raza extremadamente sociable, pero es verdad que se necesitan entre ellos. Realizan ciertas actividades comunitarias, como alejar a los mitres, o buscar comida en los árboles, o hasta, en ocasiones, alguna fiesta. Claro que estas no son fiestas en la forma en que las conocemos, con ruido, algarabía, música, etc. Son fiestas pequeñas, como todo en el mundo de los ombus, con pocos individuos, sentados tranquilamente y disfrutando cada uno la presencia del otro, casi sin mediar palabra, casi sin respirar, aprovechando poder estar. En ocasiones alguno cuenta una historia, corta y precisa, pero entretenida y disfrutable. Al terminar la historia, enseguida es olvidada casi por completo, excepto por la sensación que deja en quien la escucha, incluido el narrador. Se deduce de esto, entonces, que los ombus son grandes improvisadores, puesto que no deben contar nunca dos veces la misma historia.

Esta falta de práctica en el recuerdo los lleva a equivocar sus casas y caminos constantemente, pero esto es algo que ellos no perciben en absoluto, puesto que no tienen idea de con quién viven, o dónde. La vida de estos seres sigue unos lineamientos muy básicos. Tal vez sea eso lo que los convierte en individuos felices, cosa en la que rara vez reparan. Es difícil notar que se es feliz cuando se está en ese estado todo el tiempo. Y no es que, como es creencia general, sean estúpidos y por ello felices. Más bien lo contrario. Por ser tan corta su memoria, son grandes genios, descubridores de cosas maravillosas (para ellos, por supuesto). Inventos o descubrimientos que deben ser inventados o descubiertos en un instante, sin teorías, investigaciones o paparruchadas previas. Ellos sólo hacen, ahora, en este momento. No hicieron, porque no recuerdan qué, ni harán, porque no recuerdan para qué.

Al acercarse la muerte de un ombu, este se pregunta qué será lo que le está pasando. Minutos después, muere. Los demás toman conciencia de ello enseguida y lo rodean para observarlo calmadamente. Enseguida su alma es atrapada en una cajita pequeña y marrón, la cual es sellada con lacre y arrojada a un precipicio infinito, lugar donde termina el universo de los ombus. Un precipicio que se encuentra a unos pocos metros de sus casas y al que ven cada día de sus vidas, porque si no olvidarían que tan lejos pueden llegar sus vidas.

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